La Encuesta Intercensal 2025 del INEGI muestra que en México nacen cada vez menos niños: la fecundidad cayó de 1.9 a 1.2 hijos por mujer y la Ciudad de México tiene hoy una de las tasas más bajas del mundo. Detrás del dato hay una pregunta que casi nadie se hace: ¿qué decisiones estamos tomando sin darnos cuenta?
Hay datos que describen una sociedad.
Y hay otros que, además, nos invitan a hacernos preguntas.
Los resultados más recientes de la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI, presentados el 22 de septiembre de 2026, muestran una transformación importante en la estructura demográfica de México. La encuesta se levantó entre el 6 de octubre y el 14 de noviembre de 2025 en más de 7.3 millones de viviendas particulares habitadas y permite observar cambios a nivel nacional, estatal y municipal. (INEGI)
Uno de los datos que más ha llamado la atención es el relacionado con la fecundidad.
La tasa global de fecundidad en México pasó de 1.9 hijas e hijos por mujer en 2019 a 1.2 en 2024. Para que una población se mantenga estable a largo plazo se necesita una tasa cercana a 2.1. (INEGI, Reporte de resultados EIC 2025)
En la Ciudad de México el indicador todavía es menor: 0.8 hijas e hijos por mujer, la tasa más baja del país. En el otro extremo, Chiapas registra 1.8.
Y dentro de la propia capital encontramos diferencias enormes: Benito Juárez registra alrededor de 0.4 hijos por mujer, mientras que Milpa Alta llega a 1.3. Cuauhtémoc y Miguel Hidalgo se encuentran alrededor de 0.7. (INEGI, Panorama sociodemográfico 2025)
Una precisión, para no mezclar indicadores: el 0.8 es la tasa global de fecundidad de la ciudad; el 0.4 de Benito Juárez y el 1.3 de Milpa Alta corresponden al promedio de hijas e hijos nacidos vivos de las mujeres de 15 a 49 años en cada demarcación.
Los números son interesantes.
Pero quizá lo más interesante no sea el número.
¿Qué está pasando?
Ésa es una pregunta legítima.
Pero hay que tener cuidado con la respuesta.
Podríamos decir que las personas tienen menos hijos porque la vivienda es más cara.
O porque estudian durante más años.
O porque las mujeres participan cada vez más en el mercado laboral.
O porque las parejas se forman más tarde.
O porque existen mejores métodos anticonceptivos.
O porque algunas personas simplemente no desean tener hijos.
Probablemente todos estos factores tengan alguna participación.
Pero ninguno, por sí solo, explica toda la historia.
Y aquí aparece algo que me parece particularmente interesante desde el coaching:
cuando observamos un cambio humano, no necesariamente tenemos que apresurarnos a explicar si está bien o está mal.
Primero podemos observar.
Antes de preguntar “¿por qué está pasando esto?”, conviene preguntar "¿qué estoy viendo realmente?".
Observar no es lo mismo que juzgar. Y casi siempre conviene empezar por lo primero.
Una estadística no es una historia
Decir que México tiene una tasa de fecundidad de 1.2 hijos por mujer no nos dice qué piensa una mujer acerca de la maternidad.
No nos dice qué piensa un hombre acerca de la paternidad.
No nos dice si alguien quería tener hijos y no pudo.
No nos dice si alguien decidió conscientemente no tenerlos.
No nos dice si una pareja está esperando.
No nos dice si alguien simplemente nunca tuvo ese deseo.
La estadística nos muestra un comportamiento agregado.
Pero detrás de ese comportamiento existen millones de historias diferentes.
Y esa distinción es importante.
Porque es muy fácil mirar un número y construir inmediatamente una explicación.
El coaching puede hacer algo diferente: puede hacer una pregunta.
¿Qué significa hoy construir una vida?
Durante mucho tiempo existió un modelo de vida bastante reconocible.
Estudiar.
Conseguir trabajo.
Casarse.
Tener hijos.
Comprar una casa.
Trabajar.
Criar a los hijos.
Jubilarse.
No significa que todas las personas siguieran ese camino.
Pero socialmente existía un guion bastante claro.
Hoy ese guion es mucho menos uniforme.
Una persona puede querer casarse.
Otra puede no querer hacerlo.
Una puede querer hijos.
Otra puede decidir no tenerlos.
Una puede querer vivir en pareja.
Otra puede preferir vivir sola.
Una puede querer construir una gran carrera profesional.
Otra puede priorizar su familia.
Otra puede querer viajar.
Otra puede querer emprender.
Otra puede querer una vida mucho más tranquila.
Y aquí aparece una transformación importante:
cada vez tenemos más posibilidades de decidir qué significa para nosotros una vida que vale la pena vivir.
Eso puede ser maravilloso.
Y también puede ser complicado.
Porque elegir implica preguntarnos qué queremos.
Si quieres profundizar en cómo se construye esa dirección, lo he trabajado antes en El propósito de vida se construye.
Ya no basta con preguntar: “¿Qué toca?”
Quizá una de las diferencias entre generaciones está precisamente aquí.
Antes, algunas decisiones podían plantearse como:
“¿Cuándo te vas a casar?”
Hoy una persona puede responder:
“No sé si quiero casarme.”
Antes:
“¿Cuándo vas a tener hijos?”
Hoy:
“No sé si quiero tener hijos.”
Antes:
“¿Cuándo vas a comprar una casa?”
Hoy:
“No estoy seguro de que quiera comprar una casa.”
No necesariamente estamos frente a una sociedad que perdió algo.
Podemos estar frente a una sociedad en la que más decisiones dejaron de darse por sentadas.
Y eso cambia la responsabilidad.
Porque cuando existe un camino socialmente establecido, podemos simplemente seguirlo.
Cuando existen muchos caminos…
tenemos que elegir.
Y elegir no siempre es sencillo
Tener opciones puede ser una enorme libertad.
Pero también puede generar incertidumbre.
¿Qué quiero?
¿Familia?
¿Carrera?
¿Dinero?
¿Libertad?
¿Estabilidad?
¿Pareja?
¿Viajes?
¿Hijos?
¿Una combinación de todo?
¿En qué momento?
¿En qué orden?
¿Es posible tenerlo todo?
¿Quiero realmente todo eso?
Son preguntas que probablemente muchas personas se hacen.
Y no necesariamente existe una respuesta universal.
El coaching no tiene que responder por ti
Ésa es, para mí, la parte más importante.
Si una persona dice:
“No quiero tener hijos.”
El trabajo del coach no debería ser convencerla de lo contrario.
Si otra persona dice:
“Quiero tener cuatro.”
Tampoco debería decirle que son demasiados.
Si alguien no sabe todavía qué quiere, tampoco necesitamos apresurarnos a llenar ese vacío con una respuesta.
Podemos preguntar:
¿Qué quieres tú?
Y después:
¿Por qué lo quieres?
Y quizá:
¿Cómo sabes que eso es lo que quieres?
No para cuestionar la decisión.
Para conocerla mejor.
¿Deseo o expectativa?
Hay una pregunta que puede resultar interesante en cualquier proyecto de vida:
¿Esto lo quiero yo o aprendí que debería quererlo?
No es una pregunta para invalidar nuestras elecciones.
Es una invitación a observarlas.
Quiero tener hijos.
¿Por qué?
Porque siempre imaginé una familia.
Porque me gusta la idea de ser padre.
Porque quiero experimentar la maternidad.
Porque mi pareja lo desea.
Porque mis padres esperan nietos.
Porque así crecí.
Porque temo arrepentirme.
Porque quiero continuar mi apellido.
Porque simplemente quiero.
Cualquiera de esas respuestas puede abrir una conversación distinta.
De todos esos “porqués”, ¿cuál es el tuyo? Y si te cuesta encontrarlo… eso también es información.
Lo mismo ocurre con el matrimonio.
Con el dinero.
Con la profesión.
Con la casa.
Con el éxito.
Con cualquier proyecto importante.
La pregunta no es solamente “¿qué quiero?”
Hay otra pregunta que puede ser todavía más interesante:
¿Qué estoy dispuesto a hacer para construir lo que quiero?
Porque querer una determinada vida y construirla son cosas diferentes.
Quiero una familia.
¿Qué implica eso?
Quiero una carrera.
¿Qué implica eso?
Quiero libertad.
¿Qué implica eso?
Quiero estabilidad.
¿Qué implica eso?
Quiero viajar.
¿Qué implica eso?
Quiero emprender.
¿Qué implica eso?
Cada elección tiene consecuencias.
No necesariamente buenas o malas.
Simplemente consecuencias.
Y madurar también consiste en aprender a reconocerlas.
Una sociedad que cambia también nos obliga a revisar nuestras preguntas
Los datos recientes muestran que México no es demográficamente homogéneo.
La fecundidad cambia considerablemente entre regiones y también está relacionada con variables sociales como la escolaridad.
En la Ciudad de México, por ejemplo, las mujeres sin escolaridad tienen en promedio 4.1 hijas e hijos nacidos vivos, mientras que las que estudiaron media superior o superior tienen 1.1. A nivel nacional la diferencia es todavía mayor: 4.9 frente a 1.2. (INEGI, Reporte de resultados EIC 2025)
Esto no significa que podamos reducir la decisión de tener hijos a “educación” o “dinero”.
Significa que la vida humana está formada por muchas variables que interactúan.
Y eso debería hacernos cautelosos.
No todo fenómeno necesita una explicación sencilla.
Lo que sí me parece claro es que la relación entre escuela, decisiones y vida es más profunda de lo que aparenta. Escribí algo al respecto cuando se publicaron los resultados de PISA: México vuelve a caer en PISA: ¿qué estamos enseñando realmente a nuestros hijos?
Los números también nos obligan a mirar el futuro
Hay otra dimensión que no podemos ignorar.
Una menor fecundidad significa que la estructura de la población irá cambiando.
Habrá proporcionalmente más personas mayores.
Cambiarán las necesidades de cuidado.
Cambiarán algunas necesidades del mercado laboral.
Cambiarán las estructuras familiares.
Cambiarán determinadas necesidades de vivienda, salud y servicios.
Los datos ya lo insinúan: la edad mediana de la población mexicana pasó de 29 a 32 años entre 2020 y 2025. En la Ciudad de México es de 37 años; en Chiapas, de 26. (INEGI)
Eso corresponde analizarlo desde la demografía, la economía y las políticas públicas.
Pero también existe una dimensión personal.
Si nuestra sociedad está cambiando…
¿cómo queremos vivir dentro de ella?
Tal vez el tema no sea tener más o menos hijos
Ésta es quizá la conclusión que más me interesa.
El dato del INEGI no necesita convertirse en una discusión sobre si México debería tener más hijos.
Podemos observarlo desde otro lugar.
Una sociedad está cambiando.
Las familias están cambiando.
Las parejas están cambiando.
Las prioridades están cambiando.
La relación con el trabajo está cambiando.
La relación con el dinero está cambiando.
La idea de éxito está cambiando.
Y nuestras decisiones personales también están cambiando.
Entonces quizá la pregunta más interesante sea:
¿Estamos siendo conscientes de las decisiones que estamos tomando?
Elegir conscientemente
No hay una cantidad correcta de hijos.
No hay una edad universalmente correcta para casarse.
No existe una única manera correcta de construir una familia.
No existe una única definición de éxito.
Y tampoco existe una sola manera correcta de vivir.
Pero sí puede existir una diferencia entre vivir deliberadamente y simplemente actuar por inercia.
La diferencia no está necesariamente en lo que elegimos.
Está en qué tan conscientes somos de por qué lo elegimos.
De esa inercia escribí en otro momento: Vives en automático, sobrevives.
Toma una decisión que traes pendiente —tener hijos o no, cambiar de trabajo, mudarte, casarte, estudiar otra cosa— y hazte estas cuatro preguntas por escrito:
- ¿Qué quiero yo, en mis propias palabras?
- ¿Qué parte de esto viene de mí y qué parte de lo que se espera de mí?
- ¿Qué implica realmente esta decisión, en tiempo, dinero y renuncias?
- ¿Qué estoy dispuesto a hacer para construirla?
No se trata de llegar a una respuesta hoy. Se trata de ver con claridad qué estás eligiendo.
Una última reflexión
Cuando vemos una cifra como 1.2 hijos por mujer, podemos preguntarnos:
“¿Qué le está pasando a México?”
Pero quizá también podamos preguntarnos:
"¿Qué está cambiando en la manera en que las personas imaginan su vida?"
Y después llevar la pregunta a nosotros mismos:
¿Qué significa para mí una vida plena?
¿Qué lugar ocupa la familia en ella?
¿Qué lugar ocupa el trabajo?
¿Qué lugar ocupa el dinero?
¿Qué lugar ocupa la libertad?
¿Qué cosas quiero?
¿Cuáles no quiero?
¿Cuáles todavía no sé si quiero?
¿Y cuáles estoy haciendo simplemente porque siempre pensé que así debía ser?
No necesitamos responderlas todas hoy.
A veces una buena pregunta no está diseñada para producir una respuesta inmediata.
Está diseñada para hacernos observar nuestra propia vida con un poco más de atención.
Y quizá eso sea una de las funciones más valiosas del coaching:
no decirle a una persona cómo debería vivir,
sino ayudarla a detenerse, mirar su vida,
y preguntarse:
"¿Esta vida que estoy construyendo realmente tiene sentido para mí?"
Sin juicio.
Sin receta.
Sin una respuesta correcta.
Simplemente con la disposición de mirar.
Nota: los datos citados provienen de la Encuesta Intercensal (EIC) 2025 del INEGI, presentada el 22 de septiembre de 2026 y levantada entre el 6 de octubre y el 14 de noviembre de 2025. La tasa global de fecundidad se calcula con los nacimientos ocurridos el año anterior al levantamiento, por eso se reporta para 2024. Las cifras por demarcación territorial de la Ciudad de México corresponden al Panorama sociodemográfico 2025. (INEGI)