Te citan a las 8:00 y a las 8:30 todavía nadie ha salido por ti. En esos treinta minutos se juega algo más que una entrevista: se juega la pregunta de desde dónde tomas tus decisiones.

Te citan a las 8:00 de la mañana para una entrevista de trabajo.

Llegas a las 7:50.

Te anuncias.

Te sientas.

Son las 8:00.

Esperas.

8:10.

Nada.

8:15.

Sigues esperando.

8:30.

Todavía nadie sale por ti.

Entonces aparece una pregunta aparentemente sencilla:

¿Te vas o esperas?

Parece una decisión práctica.

Pero no lo es tanto.

Porque detrás de esa decisión pueden existir muchas cosas: el deseo de conseguir el trabajo, la necesidad económica, el respeto por tu propio tiempo, la percepción que tienes de la empresa, tus valores, tus experiencias anteriores, el miedo a perder una oportunidad y hasta la historia que estás construyendo en tu cabeza sobre lo que está ocurriendo.

Y aquí es donde la situación se vuelve interesante desde el coaching.

El hecho y la historia

Primero tenemos que separar dos cosas.

El hecho es bastante simple:

Te citaron a las 8:00 y a las 8:30 todavía no te han atendido.

Eso es lo que sabemos.

Pero rápidamente aparece la historia.

“No respetan mi tiempo.”

“Seguro así trabajan siempre.”

“Si desde la entrevista son así, imagínate trabajando ahí.”

“Están entrevistando a alguien más importante.”

“Me están poniendo a prueba.”

“No les interesa mi perfil.”

“Qué falta de profesionalismo.”

“Tengo que aguantar porque necesito el trabajo.”

“Si me voy, van a pensar que no me interesa.”

Y aquí aparece uno de los primeros espacios de coaching:

¿Qué parte de lo que estás sintiendo proviene del hecho y qué parte proviene de la interpretación que estás haciendo del hecho?

Porque todavía no sabemos qué pasó.

Puede haber una emergencia.

Puede haber un problema con la agenda.

Puede haberse alargado una reunión.

Puede existir una mala organización.

Puede que simplemente la persona que debía entrevistarte haya olvidado la cita.

No lo sabemos.

Y reconocer que no sabemos también es una forma de conciencia.

Reflexión

El hecho es uno: te citaron a las 8:00 y a las 8:30 no te habían atendido.

Todo lo demás —lo que crees que piensan de ti, lo que crees que va a pasar, lo que crees que significa— es una historia que estás escribiendo tú.

❝ ❞

Pero… ¿y mi tiempo?

Ahora viene otra cuestión.

Tú también tienes una agenda.

Quizá pediste permiso en tu trabajo.

Quizá dejaste a tus hijos en la escuela.

Quizá pagaste transporte.

Quizá recorriste una hora para llegar.

Quizá tenías otra cita a las 9:00.

Quizá simplemente consideras que tu tiempo tiene valor.

Y entonces aparece una pregunta legítima:

¿Por qué el tiempo del entrevistador debería valer más que el mío?

No necesariamente debería.

Pero aquí también hay una diferencia importante:

reconocer el valor de tu tiempo no significa automáticamente que tengas que levantarte e irte.

Puedes decidir esperar.

Puedes preguntar cuánto tiempo falta.

Puedes establecer un límite.

Puedes retirarte.

Lo interesante no es tanto cuál de esas opciones eliges.

Lo interesante es:

¿Desde dónde estás tomando la decisión?

Persona esperando en una sala de oficina mirando su reloj

“Necesito este trabajo”

Aquí la situación se vuelve mucho más compleja.

Porque no todos llegamos a una entrevista desde el mismo lugar.

Una persona puede estar buscando trabajo porque quiere cambiar de empresa.

Otra porque quiere ganar más.

Otra porque quiere crecer profesionalmente.

Y otra puede estar buscando desesperadamente un ingreso porque tiene compromisos económicos que pagar.

Las opciones externas pueden ser muy diferentes.

Decirle a alguien:

“Yo me habría ido a los 15 minutos.”

es muy fácil cuando no estás viviendo su situación.

Porque existe una variable que muchas conversaciones sobre límites olvidan:

la necesidad.

Cuando necesitas mucho algo, tu margen de decisión puede sentirse más pequeño.

Y entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Cuánto de lo que estás tolerando realmente estás eligiendo tolerar?

“Pero quiero el trabajo”

Y aquí aparece otra variable: el deseo.

Quieres ese puesto.

Te interesa la empresa.

El salario es bueno.

El proyecto te entusiasma.

Llevas meses buscando una oportunidad así.

Entonces quizá piensas:

“Puedo esperar media hora.”

Y no necesariamente hay nada malo en eso.

Esperar puede ser una decisión completamente consciente.

El problema aparece cuando convertimos nuestra propia decisión en una obligación:

“Como quiero este trabajo, tengo que aguantar lo que sea.”

Ahí cambia la conversación.

Porque desear algo no significa necesariamente que tengamos que renunciar a todo lo demás para conseguirlo.

Pero tampoco significa que cualquier incomodidad sea una violación de nuestros límites.

Una entrevista puede retrasarse.

Una reunión puede complicarse.

Una persona puede tener un mal día.

Somos seres humanos trabajando con otros seres humanos.

La pregunta está en otro lugar:

¿Qué significado tiene para mí lo que está ocurriendo?

Los valores también entran a la entrevista

Supongamos que la puntualidad es uno de tus valores fundamentales.

Llegaste diez minutos antes.

Para ti, llegar tarde significa falta de respeto.

Naturalmente, treinta minutos de espera pueden tener un peso importante.

Pero quizá para otra persona la puntualidad no ocupa el mismo lugar.

Tal vez valora mucho más la flexibilidad.

Tal vez piensa:

“Mientras me expliquen qué pasó, no tengo problema.”

No necesariamente uno está bien y el otro está mal.

Simplemente están operando desde valores diferentes.

Y aquí aparece una pregunta poderosa:

¿Qué valor mío está siendo tocado por esta situación?

¿Es la puntualidad?

¿El respeto?

¿La reciprocidad?

¿La dignidad?

¿La responsabilidad?

¿La autonomía?

¿La paciencia?

¿La flexibilidad?

¿La justicia?

Quizá incluso sea algo más profundo:

¿Necesito sentir que mi tiempo es reconocido por los demás para sentir que tiene valor?

Si quieres ubicar con claridad cuáles son los tuyos, los trabajé en Tus valores personales, tu GPS.

Y entonces aparece el ego

Aquí viene la parte incómoda.

Porque también podemos utilizar los “límites” para proteger nuestro ego.

“Yo no espero a nadie.”

“A mí nadie me hace esto.”

“Si me hacen esperar, me voy.”

Puede parecer una postura de seguridad.

Y quizá lo sea.

Pero también podría ser una necesidad de demostrar algo.

Demostrar que somos importantes.

Demostrar que tenemos opciones.

Demostrar que nadie puede tratarnos así.

Y entonces aparece otra pregunta:

¿Estoy poniendo un límite o estoy intentando demostrar mi valor?

No son necesariamente lo mismo.

Un límite puede ser tranquilo.

No necesita una escena.

No necesita enojo.

No necesita demostrar superioridad.

Puede ser simplemente:

“Entiendo que surgió un retraso. Tengo disponibilidad hasta las 8:30. Después de ese horario necesito retirarme.”

Eso también es un límite.

Y eso también se ve en el trabajo del día a día, no solo en una entrevista: lo platiqué en ¿Ser sutil o ser directo en el trabajo?.

Y también existe el miedo

Pero del otro lado ocurre exactamente lo contrario.

Hay personas que permanecen esperando no porque hayan decidido hacerlo, sino porque tienen miedo de irse.

"¿Y si era la entrevista de mi vida?"

"¿Y si creen que soy impaciente?"

"¿Y si me descartan?"

"¿Y si nunca vuelven a llamarme?"

Entonces aparece una pregunta todavía más profunda:

¿Estoy esperando porque quiero o porque tengo miedo de irme?

Esta pregunta puede ser mucho más reveladora que:

"¿Cuánto tiempo es razonable esperar?"

Porque no existe un número universal.

Diez minutos pueden ser demasiado para una persona.

Una hora puede ser aceptable para otra.

Lo que cambia no es solamente el tiempo.

Cambia el contexto, la información y la elección.

Pregunta

La próxima vez que estés esperando algo que no llega —una entrevista, una respuesta, una llamada— pregúntate: ¿estoy esperando porque quiero o porque tengo miedo de irme?

❝ ❞

También importa si alguien te avisa

No es lo mismo esperar treinta minutos sin ninguna explicación que recibir un mensaje a las 8:05:

“Disculpa, tuvimos una emergencia. ¿Puedes esperarnos hasta las 8:30?”

La cantidad de minutos es la misma.

La experiencia es completamente diferente.

¿Por qué?

Porque ahora existe comunicación.

Existe información.

Existe una solicitud.

Y existe una posibilidad de elegir.

Quizá respondas:

“Sí, no hay problema.”

O:

“Lo siento, a las 8:20 tengo que retirarme.”

La diferencia no necesariamente está en el retraso.

Está en la relación que se establece alrededor del retraso.

¿Y si finalmente salen a las 8:30?

Imagina que a las 8:30 aparece el entrevistador.

“Disculpa. La reunión anterior se alargó.”

Y te invita a pasar.

¿Qué haces?

Aquí tampoco existe una respuesta universal.

Puedes entrar.

Puedes preguntar qué ocurrió.

Puedes continuar con la entrevista y después evaluar la experiencia.

Puedes decidir que el retraso es incompatible con lo que buscas.

Incluso puedes continuar con el proceso y, si recibes una oferta, decidir posteriormente.

Y esto último es importante.

Una decisión no siempre tiene que tomarse inmediatamente.

A veces creemos que debemos decidir:

"¿Me quedo o me voy?"

cuando en realidad existen muchas más opciones.

Puedes esperar.

Puedes preguntar.

Puedes continuar.

Puedes observar.

Puedes obtener información.

Puedes decidir después.

El pensamiento binario puede hacernos creer que solamente existen dos caminos cuando existen muchos más.

Una entrevista también es una entrevista para ti

Hay una idea interesante que suele olvidarse:

la entrevista no solamente sirve para que la empresa te evalúe.

Tú también estás evaluando.

Estás observando.

¿Cómo se comunican?

¿Cómo reciben a los candidatos?

¿Cómo manejan un retraso?

¿Te explican lo que ocurrió?

¿Reconocen tu tiempo?

¿Se disculpan?

¿Te hacen esperar nuevamente?

¿La situación fue excepcional o parece formar parte de una dinámica?

No necesitas convertir cada detalle en una sentencia.

Pero sí puedes utilizar la información.

Porque quizá el verdadero valor de esos treinta minutos no sea el tiempo perdido.

Quizá sea la información obtenida.

Entrevista de trabajo a la luz de la tarde

¿Entonces qué debería hacer?

Aquí es donde el coaching se vuelve interesante precisamente porque no necesita darte una respuesta.

No necesariamente se trata de decir:

“Vete.”

Tampoco:

“Quédate.”

Se trata de ayudarte a formular mejores preguntas.

Herramienta

Antes de decidir, contéstalas por escrito:

  1. ¿Qué sé realmente?
  2. ¿Qué estoy suponiendo?
  3. ¿Qué estoy sintiendo?
  4. ¿Qué necesito?
  5. ¿Qué quiero?
  6. ¿Qué valor mío está involucrado?
  7. ¿Estoy tomando la decisión desde el deseo o desde el miedo?
  8. ¿Estoy poniendo un límite o intentando demostrar algo?
  9. ¿Qué alternativas tengo?
  10. ¿Qué información adicional necesito antes de decidir?

❝ ❞

Y quizá la pregunta más importante:

¿Qué decisión me permite respetar simultáneamente lo que quiero y lo que considero importante para mí?

Porque los límites no siempre significan irse

Esta situación permite cuestionar una idea muy popular:

“Si realmente tienes límites, te vas.”

No necesariamente.

A veces tener límites significa irse.

Pero otras veces significa quedarse.

La diferencia está en quién está tomando la decisión.

Puedes esperar treinta minutos y seguir teniendo límites.

Puedes irte a los diez minutos y estar reaccionando impulsivamente.

Puedes quedarte porque decidiste hacerlo.

Puedes irte porque decidiste hacerlo.

Y también puedes quedarte aunque estés pensando:

“Esto no me gusta y voy a tomarlo en cuenta.”

Eso también es autonomía.

Y quizá el verdadero ejercicio sea este

La próxima vez que te encuentres en una situación parecida, antes de reaccionar, detente unos segundos.

No para volverte indiferente.

No para aguantar.

No para demostrar fortaleza.

Simplemente para observarte.

Pregúntate:

"¿Qué estoy decidiendo en este momento?"

Y después:

"¿Por qué?"

Quizá descubras que quieres esperar.

Quizá descubras que ya no quieres hacerlo.

Quizá descubras que estás esperando porque necesitas el trabajo.

Quizá descubras que quieres irte porque te sentiste menospreciado.

Quizá descubras que estás a punto de irte solamente para demostrar que no necesitas a nadie.

O quizá descubras algo mucho más sencillo:

“Tengo otra cita a las nueve y ya no puedo esperar.”

También está bien.

No todas las decisiones necesitan convertirse en grandes lecciones de vida.

La pregunta incómoda

Volvamos entonces a la escena.

8:00.

8:10.

8:15.

8:30.

Estás sentado esperando.

¿Qué haces?

No sé.

Y quizá esa sea precisamente la respuesta más honesta.

Porque no conozco tu situación, tus necesidades, tus valores, tus alternativas, tu relación con el trabajo, la información que tienes ni lo que ocurrió del otro lado.

Pero sí puedo preguntarte algo:

Si nadie pudiera juzgar tu decisión, ¿qué elegirías hacer?

Y después una segunda pregunta:

¿Y qué te impide hacerlo?

Ahí empieza el coaching.

No cuando alguien te dice qué hacer.

Sino cuando empiezas a descubrir desde dónde estás eligiendo lo que haces.

Porque al final, quizá el asunto nunca fue la media hora de espera.

Quizá el asunto era descubrir cuánto de nuestras decisiones pertenece realmente a nosotros…

y cuánto está siendo decidido por el miedo, la necesidad, el deseo, las creencias, las expectativas de los demás o la necesidad de demostrar quiénes somos.

Y eso ya es bastante más incómodo que decidir si esperar hasta las 8:30.