Los resultados de PISA publicados en 2026 vuelven a poner a México frente al espejo. Matemáticas y lectura retroceden, mientras miles de jóvenes siguen sin alcanzar las competencias básicas. Pero detrás de las cifras hay una pregunta que va mucho más allá de la escuela: ¿qué hacemos cuando nuestros hijos no saben cómo resolver un problema?

México acaba de recibir una noticia incómoda.

Los nuevos resultados de PISA, publicados por la OCDE el 8 de septiembre de 2026, muestran que los estudiantes mexicanos de 15 años obtuvieron 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias.

En matemáticas, México retrocedió 7 puntos respecto de la medición anterior. En lectura también cayó 7 puntos. Ciencias tuvo una ligera mejora de 4 puntos, aunque continúa muy por debajo del promedio de la OCDE. (OECD Education GPS)

Pero hay un número que probablemente sea el que más debería preocuparnos.

Dato

Alrededor de 3 de cada 10 estudiantes mexicanos alcanzan al menos el nivel básico de competencia matemática. Dicho de otra manera: aproximadamente 7 de cada 10 no llegan a ese nivel. (OECD Education GPS)

Y entonces comienza la discusión.

Que si el gobierno.

Que si la Nueva Escuela Mexicana.

Que si los maestros.

Que si los padres.

Que si la pandemia.

Que si los libros de texto.

Que si desaparecieron las matemáticas como asignatura independiente.

Que si PISA no refleja correctamente la realidad mexicana.

Que si los países no son comparables.

Y seguramente veremos durante los próximos días cientos de opiniones intentando encontrar un culpable.

Pero quiero proponerte algo diferente.

Antes de buscar culpables, hagámonos una pregunta:

¿Qué significa realmente que un joven no pueda resolver un problema?

Porque aquí comienza una conversación mucho más interesante.

El problema no es solamente saber matemáticas

PISA no intenta determinar simplemente quién memoriza mejor una fórmula.

La evaluación busca conocer qué pueden hacer los jóvenes de 15 años con los conocimientos que han adquirido: cómo utilizan las matemáticas, la lectura y las ciencias para enfrentarse a situaciones y problemas. (OCDE)

Y esto es importante.

Porque existe una diferencia enorme entre:

saber una respuesta

y

saber qué hacer cuando no sabes la respuesta.

La primera puede evaluarse con un examen.

La segunda es una habilidad para la vida.

Imagina a un adolescente frente a un problema de matemáticas.

Lee el ejercicio.

No entiende.

Se queda mirando.

Entonces aparecen diferentes posibilidades.

Puede decir:

“No sé.”

Puede buscar inmediatamente la respuesta.

Puede copiarle a un compañero.

Puede preguntarle a sus padres.

Puede pedirle a ChatGPT que lo resuelva.

O puede detenerse y preguntarse:

¿Qué sé?

¿Qué me están preguntando?

¿Qué información tengo?

¿Qué podría intentar?

¿Dónde me estoy equivocando?

Esas últimas preguntas no son solamente matemáticas.

Son pensamiento.

Y aquí PISA comienza a hablarnos de algo mucho más profundo

Los resultados publicados en 2026 contienen un dato que, personalmente, me parece mucho más esperanzador que los 388 puntos.

En México, 81.2% de los estudiantes dice que le gusta aprender cosas nuevas y el mismo porcentaje afirma que le gusta saber cómo funcionan las cosas.

Además, 71.3% dice que termina lo que empieza y 75.9% afirma que realiza un esfuerzo adicional cuando el trabajo se vuelve difícil. (OECD Education GPS)

Entonces tenemos una paradoja.

Por un lado:

los resultados académicos son bajos.

Por otro:

los propios jóvenes manifiestan curiosidad, perseverancia y disposición para aprender.

Entonces quizá deberíamos tener cuidado con una conclusión demasiado fácil:

“Los jóvenes mexicanos no quieren aprender.”

Los datos no parecen respaldar una afirmación tan simple.

Tal vez la pregunta correcta sea otra:

¿Estamos consiguiendo transformar la curiosidad de nuestros jóvenes en capacidad para resolver problemas?

Y aquí es donde la conversación deja de pertenecer exclusivamente a la escuela.

Porque nuestros hijos también aprenden de nosotros

Pensemos en una escena cotidiana.

Tu hijo está haciendo la tarea.

Después de varios minutos aparece la frase inevitable:

“Papá, no sé cómo hacerlo.”

¿Qué hacemos?

Muchos adultos respondemos automáticamente:

“A ver, pásame eso.”

Y resolvemos el problema.

Lo hacemos porque queremos ayudar.

Porque tenemos prisa.

Porque queremos que termine la tarea.

Porque nosotros sí sabemos cómo hacerlo.

Y aparentemente hemos hecho algo bueno.

Pero hay una pregunta incómoda:

¿Quién resolvió el problema?

El niño…

¿O nosotros?

Padre e hijo resolviendo la tarea juntos

Ayudar no siempre significa resolver

Aquí entra una idea fundamental del coaching.

Cuando alguien tiene un problema, podemos darle una solución.

Pero también podemos ayudarlo a desarrollar la capacidad para encontrar soluciones.

No es lo mismo.

Si cada vez que un niño encuentra una dificultad nosotros intervenimos inmediatamente, probablemente conseguiremos que termine más rápido.

Pero también podemos estar enviándole un mensaje involuntario:

“Cuando algo es difícil, alguien más debe resolverlo por ti.”

En cambio, podemos intentar algo diferente.

La próxima vez que nuestro hijo diga:

“No sé.”

Podemos responder:

“Está bien. ¿Qué sí sabes?”

Después:

"¿Qué te están preguntando?"

Después:

"¿Qué has intentado?"

Y finalmente:

"¿Qué podrías intentar ahora?"

No le estamos negando ayuda.

Estamos cambiando el tipo de ayuda.

Del “no sé” al “todavía no sé”

Hay una pequeña palabra que puede cambiar muchísimo la manera en que un niño enfrenta una dificultad:

todavía.

“No sé” puede convertirse en:

“Todavía no sé.”

“No puedo” puede convertirse en:

“Todavía no puedo.”

“Soy malo para las matemáticas” puede convertirse en:

“Todavía no entiendo esta parte de las matemáticas.”

Parece una diferencia lingüística.

No lo es.

Estamos pasando de una declaración sobre identidad a una declaración sobre aprendizaje.

Una dice:

“Esto soy.”

La otra dice:

“Esto es algo que estoy desarrollando.”

Y esa diferencia puede cambiar la relación de una persona con el error, la frustración y el esfuerzo.

Y entonces apareció la inteligencia artificial

Aquí tenemos otro problema que hace que los resultados de 2026 sean especialmente interesantes.

Hace algunos años un estudiante que no sabía resolver una tarea tenía que:

  • preguntarle a un compañero,
  • buscar un libro,
  • ir a una biblioteca,
  • buscar en Google,
  • copiar una respuesta.

Hoy puede simplemente escribir:

“Resuelve este ejercicio.”

Y en segundos tendrá una respuesta perfectamente presentada.

El problema es que una respuesta correcta no necesariamente significa aprendizaje.

Y esta es una de las grandes preguntas educativas de nuestra época:

¿Estamos utilizando la inteligencia artificial para pensar mejor o para dejar de pensar?

PISA 2025 incorporó precisamente una nueva dimensión relacionada con el mundo digital: Learning in the Digital World, que estudia la capacidad de los estudiantes para construir conocimiento y resolver problemas utilizando herramientas computacionales. (OCDE)

México obtuvo 453 puntos en resolución de problemas computacionales, frente a 500 del promedio de la OCDE. (OECD Education GPS)

Por eso quizá el objetivo no debería ser enseñar a nuestros hijos a evitar la IA.

Eso sería imposible.

Deberíamos enseñarles algo mucho más importante:

A utilizar la IA sin entregarle su pensamiento

Una conversación diferente con nuestros hijos

Podemos pedirle a una inteligencia artificial:

“Dame la respuesta.”

Pero también podemos pedirle:

“No me des la respuesta. Hazme preguntas para que yo descubra dónde está mi error.”

La primera opción nos entrega una solución.

La segunda puede desarrollar una capacidad.

Y ahí tenemos una diferencia fundamental entre usar tecnología y aprender con tecnología.

Entonces, ¿PISA está diciendo que nuestros hijos son malos estudiantes?

No.

Y tampoco nos está diciendo que una puntuación determine el valor, la inteligencia o el futuro de una persona.

PISA es una herramienta de medición. Sus resultados sirven para observar tendencias, comparar desempeños y detectar problemas.

Y México tiene un problema que sería irresponsable ignorar.

Pero también sería irresponsable reducir a nuestros jóvenes a esos números.

Porque el mismo estudio que nos muestra los bajos resultados académicos también nos muestra jóvenes que reportan curiosidad, perseverancia y gusto por aprender. (OECD Education GPS)

Eso significa que todavía tenemos materia prima.

La pregunta es qué hacemos con ella.

Tal vez la pregunta no sea “¿cómo hacemos que estudien más?”

Quizá deberíamos comenzar a preguntar:

¿Cómo hacemos que piensen mejor?

¿Cómo conseguimos que un niño pueda permanecer cinco minutos más frente a un problema difícil sin abandonar?

¿Cómo enseñamos a nuestros hijos a equivocarse sin sentir que son un fracaso?

¿Cómo conseguimos que puedan decir:

“No entiendo.”

sin sentir vergüenza?

¿Cómo conseguimos que después agreguen:

“Pero voy a intentar descubrirlo.”

Eso no aparece necesariamente en una boleta.

Pero probablemente sea una de las capacidades más importantes que una persona puede desarrollar.

Una pequeña prueba para los padres

Te propongo algo.

Durante los próximos siete días, cuando tu hijo tenga un problema y te pida la respuesta, no se la des inmediatamente.

Herramienta

Hazle estas cinco preguntas:

  1. ¿Qué entiendes del problema?
  2. ¿Qué información tienes?
  3. ¿Qué has intentado?
  4. ¿En qué parte te atoraste?
  5. ¿Qué podrías intentar ahora?

Y después observa.

Quizá descubras algo interesante.

Tal vez tu hijo no necesitaba que resolvieras el problema.

Necesitaba que alguien creyera que podía resolverlo.

PISA nos dio un número. Nosotros decidimos qué hacer con él.

Los resultados publicados en 2026 son una llamada de atención.

No solamente para la Secretaría de Educación.

No solamente para los maestros.

No solamente para las escuelas.

También para nosotros.

Porque la educación de un niño no ocurre únicamente dentro de un salón de clases.

Ocurre cuando pierde.

Cuando se equivoca.

Cuando algo no le sale.

Cuando pregunta.

Cuando se frustra.

Cuando quiere abandonar.

Cuando consigue algo después de varios intentos.

Y, sobre todo, ocurre cuando un adulto decide cómo responder ante todo eso.

Podemos decir:

“Déjame hacerlo.”

O podemos decir:

“Vamos a pensar cómo puedes resolverlo.”

La primera opción puede solucionar el problema de hoy.

La segunda puede estar construyendo a la persona que mañana sabrá enfrentar los problemas que nosotros ya no podremos resolver por ella.

PISA acaba de mostrarnos dónde estamos.

Ahora la pregunta verdaderamente importante es:

¿Qué vamos a hacer con eso?


Nota: los resultados citados corresponden a la publicación de PISA realizada por la OCDE el 8 de septiembre de 2026. PISA evalúa a estudiantes de 15 años; la edición 2025 incluyó ciencias, lectura, matemáticas y resolución de problemas computacionales. Los resultados adicionales sobre aprendizaje autorregulado y la evaluación de inglés se publicarán en 2027. (OECD Education GPS)