Pretender que una empresa haga algo porque nosotros así lo hacemos es tan ridículo como nadar con tiburones y esperar que no me coman porque a mí no me gusta el pescado.

Y, sin embargo, hacemos esto todo el tiempo.

Esperamos que los demás se comporten de acuerdo con nuestras reglas, nuestros valores y nuestra manera de entender cómo deberían funcionar las cosas.

El mundo real no funciona así.

Te piden un CV “100% tuyo” y sin usar ChatGPT.

Pero el primer filtro que lo lee puede ser un robot ATS que analiza palabras clave, estructura y coincidencias antes de que una persona siquiera vea tu nombre.

Reflexión

La regla parece ser: “No uses IA para escribirlo, pero déjame usar la mía para decidir si mereces una entrevista.”

Y no termina ahí.

Te dicen:

“Sé puntual.”

Pero llegas a una entrevista y te hacen esperar 40 minutos.

“Da seguimiento a tu proceso.”

Pero después de mandar tu CV nunca vuelves a saber nada.

Ni un correo.

Ni un mensaje.

Ni siquiera un:

“Gracias por participar. Hemos decidido continuar con otro candidato.”

Nada.

Desapareciste.

Pero eso sí: esperan que tú seas profesional.

“Sé transparente.”

Pero preguntas cuánto pagan y la respuesta es:

“Ofrecemos un salario competitivo.”

¿Competitivo contra qué?

“Personaliza tu CV para cada vacante.”

Y después descubres que tu CV fue uno de otros 700 documentos procesados automáticamente.

“Prepárate para la entrevista.”

Y llegas preparado para hablar de la empresa, sus productos, su historia y sus necesidades.

El entrevistador ni siquiera leyó tu CV.

“Queremos compromiso.”

Pero te ofrecen un contrato de tres meses.

“Buscamos personas que quieran crecer con nosotros.”

Pero cuando preguntas cuál es el plan de crecimiento, la respuesta es:

“Eso lo vamos viendo.”

“Queremos gente que se adapte a nuestra cultura.”

Y cuando preguntas cuáles son los valores de la empresa, aparecen cinco palabras genéricas que podrían estar en cualquier página corporativa del planeta.

Y esto no ocurre solamente en los procesos de contratación.

Pasa con los clientes.

“Necesito que me entregues esto rápido.”

Pero ellos pueden tardar tres semanas en aprobarlo.

“Necesitamos que seas flexible.”

Pero cualquier cambio que ellos necesitan es una urgencia y cualquier cambio que tú necesitas es un problema.

Pasa con los jefes.

“Quiero que tomes iniciativa.”

Pero cuando tomas una decisión sin pedir permiso, te preguntan quién te autorizó.

“Quiero que me digas lo que piensas.”

Hasta que dices algo que no quieren escuchar.

Entonces ya no eres proactivo.

Eres conflictivo.

Pasa con las relaciones.

“Necesito que seas completamente honesto conmigo.”

Hasta que la honestidad deja de ser cómoda.

Pasa con tus padres.

“Aquí siempre vas a tener mi apoyo.”

Pero cada decisión que tomas se compara con la que ellos habrían tomado.

“Queremos lo mejor para ti.”

Y lo mejor para ti, según ellos, tiene una forma muy específica.

“Te apoyamos pase lo que pase.”

Mientras lo que pase no se salga de su guion.

Pasa con tu pareja.

“Quiero que seas tú mismo conmigo.”

Hasta que “ser tú mismo” incomoda.

Pasa con tus amigos.

“Cuenta conmigo para lo que sea.”

Y el “para lo que sea” se vuelve “para lo que me sea cómodo”.

Y entonces te das cuenta: no es que el mundo laboral sea especial.

Es que así se juega en todos lados.

En la oficina, en la mesa familiar, en la cama, en la conversación de sobremesa.

Nadador flotando en la superficie del océano profundo con la silueta de un tiburón bajo el agua

Y también pasa con nosotros mismos.

Esperamos que nuestro jefe reconozca nuestro trabajo.

Que una empresa valore nuestra experiencia.

Que un cliente entienda nuestro esfuerzo.

Que alguien finalmente nos dé la oportunidad que creemos merecer.

Y seguimos esperando.

Porque creemos que si nosotros hacemos las cosas correctamente, los demás deberían responder de la misma manera.

Pero esa no es una regla del universo.

Es solamente una expectativa nuestra.

Y aquí está la parte incómoda.

Entender cómo funciona realmente el mundo no significa justificarlo.

No significa aceptar malos tratos.

No significa dejar de exigir profesionalismo.

Significa dejar de confundir cómo deberían funcionar las cosas con cómo funcionan realmente.

Porque si sabes que una empresa utiliza un ATS, adaptas tu CV.

Si sabes que muchas empresas no responden, no detienes tu búsqueda esperando una respuesta.

Si sabes que un cliente puede tardar en pagar, estableces condiciones.

Si sabes que un jefe necesita aprobación para todo, decides hasta dónde quieres jugar ese juego.

Si sabes que alguien no cambia, dejas de construir tu tranquilidad alrededor de la esperanza de que algún día cambie.

No puedes controlar las reglas del juego solamente porque no te gustan.

Pero sí puedes decidir si juegas.

Y, sobre todo, puedes aprender a jugarlo con los ojos abiertos.

Porque pretender que una empresa haga algo porque nosotros así lo hacemos es tan ridículo como nadar con tiburones y esperar que no me coman porque a mí no me gusta el pescado.

Reflexión

Los tiburones no tienen por qué conocer tus reglas.

La responsabilidad de saber dónde estás nadando también es tuya.