El 15 de julio de 2026, Argentina eliminó a Inglaterra en semifinales del Mundial. Ganó el partido. Y aun así, lo que quedó dando vueltas los días siguientes no fue el resultado.
Fue cómo lo celebró.
Enzo Fernández corrió hacia la afición inglesa después del gol del empate, se llevó las manos a las orejas, sacó la lengua y les mandó un beso. Horas después subió una historia a Instagram con “Wonderwall” — el himno no oficial de los aficionados ingleses en el torneo — de fondo, burlándose abiertamente. La borró poco después, cuando la reacción se le vino encima.
Cinco días después, en la final contra España, Argentina perdió 1-0 en tiempo extra. Y tampoco supo perder.
Foto: BBC Sport
Fernández fue expulsado con roja directa en el minuto 93 tras una entrada dura.
Foto: Olympics.com
Leandro Paredes fue expulsado después de terminado el partido por empujar a un rival del cuello. Hubo trifulca entre ambos equipos.
Foto: Marca
Y en la premiación, mientras España levantaba el trofeo, los jugadores argentinos le dieron la espalda al podio.
Foto: AS
Esto no es percepción ni rumor de redes. Son hechos documentados por la prensa deportiva:
- El gesto hacia la grada inglesa y el post de “Wonderwall” en semifinales (después borrado), reportado por Goal.com.
- The Telegraph publicó un recuento de 31 acciones antideportivas de Argentina en esa semifinal, resumido por Yahoo Sports.
- La roja a Fernández en el minuto 93 de la final y la derrota 1-0 en tiempo extra, según Yahoo Sports.
- La segunda expulsión (Paredes, tras el pitazo final, por un empujón al cuello) y la trifulca, reportado por NBC News.
- Argentina dándole la espalda a España durante la entrega del trofeo, documentado por Ladbible.
No escribo esto para pegarle a un equipo. Lo escribo porque reconozco el patrón. Lo he visto en oficinas, en juntas de dirección, en equipos completos: la misma incapacidad de estar en paz con un resultado, sin importar de qué lado caiga.
Ganar no debería necesitar humillar a nadie
Si ya ganaste, ganaste. El marcador ya dice lo que tiene que decir.
Entonces, ¿para qué el gesto extra? ¿Para qué la burla, las 31 provocaciones durante el juego?
Porque para algunas personas — y para algunos equipos, y para algunos jefes — el resultado nunca fue suficiente. Necesitan algo más: que el otro se sienta pequeño. Que quede claro quién manda. Que la victoria no sea solo un resultado, sino una revancha.
Eso no es competitividad. Es inseguridad disfrazada de dominancia.
Nadie que se siente completo necesita que el otro se sienta menos.
La misma inseguridad tiene dos caras
Aquí está lo que más me interesa de todo esto, porque lo veo constantemente en oficinas: el jefe que necesita humillar cuando gana es, casi siempre, el mismo jefe que necesita culpar cuando pierde.
Si el proyecto sale bien: “Yo lo lideré. Miren de lo que soy capaz.”
Si el proyecto sale mal: “El equipo no ejecutó. Yo tenía la estrategia correcta.”
Es la misma raíz. En ambos casos, el resultado dejó de ser sobre el trabajo y se volvió sobre él. Ganar prueba que es superior. Perder prueba que otros fallaron. Lo único que nunca puede pasar es que él, simplemente, sea parte de un equipo que a veces gana y a veces pierde.
¿La última vez que tu equipo ganó, de quién fue el mérito en tu cabeza? ¿Y la última vez que perdió, de quién fue la culpa?
Cómo se ve hacerlo bien
No hace falta ir muy lejos para ver el contraste. En ese mismo Mundial hubo selecciones eliminadas que se fueron agradeciendo, sin reclamar. Y hay líderes que, cuando su equipo gana, señalan a los demás — y cuando pierde, se paran al frente.
Eso no es debilidad. Es la señal más clara de que alguien no necesita el resultado para saber quién es.
El reparto invertido
La próxima vez que tu equipo tenga una victoria, antes de hablar tú, nombra en voz alta a tres personas específicas y lo que hicieron bien. La próxima vez que algo salga mal, antes de señalar afuera, identifica una decisión tuya que pudo ser distinta. No es autocastigo. Es entrenar el reflejo contrario al que probablemente ya tienes.
Ganar bien y perder bien no son dos habilidades distintas. Son la misma: la de no necesitar que el resultado hable de tu valor.
Cuando alguien no sabe perder sin buscar a quién culpar, tampoco sabe ganar sin necesitar humillar. Son la misma persona, el mismo día malo, disfrazado dos veces.
¿Tu forma de ganar se parecería a algo que quisieras que tu equipo imitara?