Una vez trabajé con un director de área en una empresa grande. El vato era bueno — muy bueno. Su equipo lo respetaba, sus resultados hablaban solos, y acababa de recibir un ascenso importante. En teoría, todo iba bien.

En la práctica, él estaba convencido de que en cualquier momento lo iban a descubrir.

—¿Descubrir qué? —le pregunté.

—Que no sé lo que estoy haciendo. Que tuve suerte. Que cualquiera podría hacer mi trabajo mejor que yo.

Y ahí estaba: un profesional con años de experiencia, resultados comprobables y un equipo sólido, sintiéndose un fraude. Eso es el síndrome del impostor en su estado más puro.

No eres el único

Si alguna vez has sentido que no mereces tu puesto, tus logros o el reconocimiento que recibes, tengo buenas y malas noticias.

La mala: es increíblemente común. Estudios dicen que hasta el 70% de las personas lo han experimentado en algún momento. Y no discrimina: afecta a recién egresados y a CEOs por igual.

La buena: no significa que sea verdad. El síndrome del impostor no es un diagnóstico de incompetencia. Es un patrón de pensamiento. Y los patrones se pueden cambiar.

Las voces que escuchas no son tuyas

El síndrome del impostor rara vez nace en el vacío. Casi siempre tiene raíces en cosas que escuchaste cuando eras más joven:

  • “No te hagas ilusiones.”
  • “No es para tanto, cualquiera lo hace.”
  • “¿Tú crees que puedas con eso?”

Frases así, repetidas suficiente veces, se convierten en la voz interna que te dice que tu éxito es un error. Y cuando logras algo, en lugar de celebrarlo, buscas la manera de explicarlo: “Fue suerte”, “El listón estaba bajo”, “Cualquiera en mi lugar lo habría hecho”.

El antídoto no es auto-engaño

Mucha gente piensa que la solución es “tener más autoestima” o “repetirse afirmaciones positivas en el espejo”. Y eso no está mal, pero no ataca la raíz.

Lo que realmente funciona es:

  1. Nombrarlo. Cuando sientas esa voz impostora, ponle nombre. “Ah, ahí está otra vez mi impostora diciendo que no merezco estar aquí.” Al nombrarla, dejas de serla. Te separas del pensamiento.

  2. Recopilar evidencia. No sentimientos, evidencia. ¿Qué resultados has tenido? ¿Qué reconocimiento has recibido? ¿Qué problemas has resuelto? Escríbelos. Cuando tu cerebro te diga que eres un fraude, enséñale la lista.

  3. Hablar con alguien de confianza. El impostor se alimenta del silencio. Cuando compartes lo que sientes con alguien que te conoce, casi siempre escuchas: “¿Estás loco? Tú eres el más capacitado para esto.”

En los talleres de Being Leadership trabajamos mucho este tema porque el impostor es una de esas creencias que te paralizan sin que te des cuenta. Te hace jugar pequeño, no pedir ese aumento, no postularte para ese puesto, no mostrar tu trabajo al mundo.

Una invitación

La próxima vez que logres algo —grande o pequeño— y sientas la tentación de minimizarlo, haz una pausa. Respira. Y en lugar de decir “fue suerte”, di: “trabajé para esto y lo logré”.

No es presunción. Es reconocer tu propio esfuerzo. Y si hay alguien que debería reconocerlo, eres tú.

Si dejaras de creerle a la voz que te dice que no eres suficiente, ¿qué cosa te atreverías a hacer que hoy no haces por miedo a ser descubierto?